La privatización de YPF y la creencia de que
“para que un país funcione bien
debe ser manejado como una empresa”
por Fernando Amdan(*)
Introducción
Pocos meses después de asumir la presidencia, Carlos Menem ya dejaría una frase para la posteridad, que oficiaría a su vez de “inauguración oficial” para una serie de intervenciones discursivas con una marcada impronta política. “Ramal que para, ramal que cierra”, aventuraba en los primeros días de noviembre de 1989, y con ello tal vez comenzaba a circular la creencia elegida por este trabajo: “Para que un país funcione bien tiene que ser manejado como una empresa”. El presente análisis intenta dar cuenta de los procesos sociales de septiembre de 1992, cuando se condensaron representaciones ideológicas que conformaban esa creencia, especialmente a partir de la privatización de Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF), la mayor empresa estatal hasta entonces y el corolario de una serie de medidas y conflictos sociopolíticos de aquel momento histórico.
En la superficie discursiva pueden encontrarse los indicios de las luchas políticas de ese período; la creencia acerca de lo que ocurría entonces no sólo fue partícipe de aquellos acontecimientos sino que es parte, hoy, de su posible explicación. El recorrido propuesto parte de la explicitación de la cadena de significantes que evoca o condensa la creencia. Se aplicó para este primer punto un acercamiento que intentará dar cuenta de la resultante de significación como aquel agregado complejo consecuencia de operaciones que se sobredeterminan tanto a nivel de la significación de la palabra como a nivel de la frase y su circulación.
Este trabajo reúne algunos componentes que, rastreados en el material hemerográfico disponible, configuran el complejo discursivo sobre el que se asientan las temáticas convocadas por la creencia. De ese modo, se intentará dar cuenta de la articulación de las categorías teóricas de “ideología”, la fantasía social que sustentó la circulación, los actores sociales, los antagonismos en juego y su imbricación en la dinámica de “los imaginarios sociales”. Con ese objetivo, se elaboró una base documental con el material publicado en ese período por tres de los diarios de mayor tirada en el país –Clarín, La Nación y Página/12–, que a la vez, por sus distintas líneas editoriales, incluían un nutrido abanico de discursos y actores sociales.
La sobredeterminación y el point de capiton
El proceso de privatización de YPF, una instancia política trascendente en la historia argentina, no podría explicarse –no solamente al menos– sobre la base de elementos meramente económicos, como determinantes últimos. Un acontecimiento de este tipo (no exento de contradicciones –en términos marxistas– entre actores sociales en el sentido de que están inscriptos en relaciones sociales de producción y con intereses contrapuestos de clase) responde a lo que Althusser señala como sobredeterminación de los distintos niveles de formación social; noción que conservaremos en esta instancia del trabajo. En otras palabras, dejados de lado los abordajes reduccionistas, las instancias estructurales (lo económico, en términos de relaciones sociales de producción y condiciones materiales de existencia) y superestructurales (la política, la ideología, la cultura, etc.) se afectan dialécticamente en mutuos y constantes reenvíos.
Existe una unidad y esa unidad tiene una naturaleza que indica que “la ´contradicción´ es inseparable del cuerpo social todo entero, en el que ella actúa inseparable de las condiciones formales de su existencia y de las instancias mismas que gobierna; que es ella misma afectada, en lo más profundo de su ser, por dichas instancias, determinante pero también determinada en un solo y mismo movimiento, y determinada por los diversos niveles y las diversas instancias de formación social que ella anima; podríamos decir: sobredeterminada en su principio” (Althusser, 1967, pág. 81). Es la sobredeterminación de lo real por lo imaginario y de lo imaginario por lo real; la ideología es por principio activa y refuerza o modifica –reproduce, transforma– las relaciones de los hombres con sus condiciones de existencia, en esa misma relación imaginaria.
Como diría Voloshinov, “el problema de las bases y las superestructuras, excepcionalmente compleja y que requiere, para su elaboración productiva, un enorme material preliminar, puede esclarecerse sobre el material verbal” (Voloshinov, 1976, pág. 43). De ese modo, el abordaje este vínculo objetivo se apoya en cómo la existencia “real” determina al signo, en tanto cómo el signo refleja y refracta la existencia en su proceso generativo.
Los factores económicos, decíamos, no alcanzan para explicar cómo se llevo adelante la privatización de YPF. Más aún, y yendo a las cifras de su funcionamiento todavía en manos del Estado, se trataba de una de las mayores fuentes de ingresos para el erario público y se encontraba lejos de arrojar un balance financiero deficitario. Existió, por otro lado, una construcción política, en términos de Laclau, que cimentó una posición de hegemonía a partir de la articulación, en la superficie de discurso (y allí incorporamos la concepción de Voloshinov, del signo como arena de lucha de clases), de determinados enunciados que propiciaron y legitimaron las prácticas privatizadoras de ese momento. “Una estructura discursiva no es una entidad meramente ´cognositiva´ o ´contemplativa´; es una práctica articulatoria que constituye y organiza a las relaciones sociales” (Laclau, 1987, pág. 133).
De allí la importancia de retomar el concepto althussereano de sobredeterminación antes descripto, en tanto ese concepto antiesencialista se constituye en el campo de lo simbólico y, según Laclau, carece de significación al margen del mismo. “El carácter simbólico –es decir sobredeterminado- de las relaciones sociales implica, por tanto, que éstas carecen de una literalidad última que las reduciría a momentos necesarios de una ley inmanente” (Laclau, 1987, pág. 134).
Es decir que lo social, lejos de ser una totalidad acabada, es un complejo relacional abierto. Y en ese juego se articulan “elementos” (toda diferencia no articulada discursivamente) sobredeterminando unas identidades y dejando de lado otras posibles, en una práctica articulatoria: el discurso, como estructura material que forma parte del mundo objetivo. En este terreno se construirán “momentos” (articulaciones discursivas de elementos) como posiciones políticas diferenciales que habilitarán una cimentación hegemónica u otra.
La identidad del fenómeno político de YPF, su radical contingencia, se construye en y por el nombre. Un significante que encarga y moviliza un plus de significación a la vez constituyente y paradójico, pues se sostiene aún sus elementos cuando son fácilmente refutables (como el caso de la rentabilidad de YPF, aún en manos del Estado). Ese plus será clave en la organización de nuestra percepción de lo real, a partir de los point de capiton lacanianos (o puntos nodales). “El point de capiton es, antes bien, la palabra en el nivel del significante, unifica un campo determinado, constituye su identidad: es, por así decirlo, la palabra a la que las ´cosas´ se refieren para reconocerse en su unidad” (Zizek, 1992, pág. 136). Ante la imposibilidad de fijar un sentido último, a través del discurso se intenta detener el flujo de las diferencias con fijaciones parciales estableciendo puntos nodales (el point de capiton).
Serán esos límites que pone el orden simbólico lacaniano los que fijarán parcialmente las representaciones ideológicas puestas en circulación con la creencia. Los discursos, en su carácter sígnico multiacentuado y como territorio social, según Voloshinov, refractarán esa lucha ideológica por monoacentuar los significantes en juego. Una primera hipótesis indica que fue el designante rígido “eficiencia empresaria” el que pavimentó, a partir de constituirse antagónicamente con el de “Estado deficiente y corrupto”, la construcción hegemónica del momento histórico en el que se llevó a cabo la privatización de la petrolera.
El pasaje de YPF a manos del sector privado empresarial estuvo acompañado por distintas prácticas e intervenciones discursivas que pusieron en circulación una creencia de fuerte impronta ideológica y, como factor legitimador, funcional a los objetivos de algunos de los actores sociales que la sustentaron . Esa creencia podría sintetizarse en “Para que un país funcione bien tiene que ser manejado como una empresa”, pero su emergencia no necesariamente ha sido literal y también circulaba en otros sintagmas enunciativos que apelaban al mismo horizonte de sentido.
“Lo que está en juego en la lucha ideológica es cuál de los ´puntos nodales´, points de capiton, totalizará, incluirá en su serie de equivalencias a esos elementos flotantes” (Zizek, 1992, pág. 126). Lo que intentará este análisis será dilucidar cómo estos designantes rígidos activan otras representaciones, cómo catalizan el efecto ideológico y cómo, a partir de sus articulaciones, se construyó la posición hegemónica que propició que el menemismo concretara, en este caso, la privatización de YPF.
Parte y todo
Antes de avanzar con el análisis, vale recuperar una contextualización de septiembre de 1992. A principios de los noventa, en un escenario internacional signado por tendencias de corte neoliberal, la privatización de YPF se convirtió en uno de los hitos más destacados de las reformas políticas y económicas en la Argentina. Aquel proceso tuvo un impacto sustancial tanto en las relaciones sociales de producción, en el sentido marxista, como en el rol reservado para el Estado como supuesto árbitro entre intereses.
Atendiendo la tesis de Oszlak sobre la década menemista y el “mito del Estado mínimo”, la intervención de distintos factores ideológicos determinaron (en el sentido de la capacidad de establecer límites dentro de los cuales el acontecer ha de moverse) fuertemente el curso de esos sucesos históricos. Éstos factores ya habían entrado en juego anteriormente, a raíz de la puesta en escena de debates sobre otras medidas políticas, como la negociación de la deuda externa, el Plan Brady, la convertibilidad del peso-dólar y la privatización de otras empresas del Estado (casos de Entel, SOMISA, el correo, la aerolínea de bandera, ramales ferroviarios, etc.). Pero la creencia volvió al centro de las consideraciones al discutirse la suerte de YPF.
De allí que intentaremos identificar la circulación de intervenciones discursivas –ideológicas– del período en el que se definió la privatización de la petrolera, y que tuvieron una eficacia especifica en el desarrollo de tales acontecimientos. “Una cadena ideológica concreta se convierte en un punto de conflicto, no sólo cuando las personas intentan destruirla, romperla o impugnarla por medio de su suplantación por algún otro conjunto de términos alternativos totalmente nuevos, sino también cuando interrumpen el campo ideológico para transformar su significado por medio de un cambio o rearticulación de sus asociaciones, por ejemplo desde lo negativo a lo positivo” (Hall, 1998, pág. 58).
No será el propósito de este trabajo ir en búsqueda de la génesis de estas formaciones discursivas, asumiendo el postulado de Pêcheaux sobre la imposibilidad de asir un origen de las condiciones de producción de un proceso discursivo. Pero sí es posible, en cambio, dar con las transformaciones acaecidas durante un momento histórico: “Este origen, propiamente impensable, supondría una recursión infinita. Por el contrario, es posible preguntarse por las transformaciones de las condiciones de producción a partir de un estado dado de estas condiciones” (Pêcheaux, 1978, pág. 55).
La circulación de la creencia de este trabajo parece actuar, en el período analizado, como obediente alumno de la formulación althussereana sobre el efecto de la negación ideológica. Cada “universal ideológico”, en palabras de Zizek, es “falso” en la medida que incluye necesariamente un caso específico que rompe con su unidad, deja al descubierto su falsedad. Por ello el síntoma social, como elemento particular, es aquel que subvierte su propio fundamento universal (Zizek, 1992, pág. 47). Los discursos que sustentan que “para que un país funcione bien debe ser manejado como una empresa” se presentan, justamente, como intervenciones “desideologizadas”, al servicio de la objetividad y la transparencia de gestión. El abordaje teórico de este trabajo intentará desdoblar ese sentido.
Posiciones parciales
Cabe aquí desplegar una breve disquisición sobre los actores sociales involucrados en el proceso histórico analizado. La diversidad y relevancia de los distintos protagonistas de este momento se apoya, no sólo en la complejidad social y un campo ideológico sobredeterminado, en el sentido althussereano, sino también en la concepción que Hall detalla sobre el Estado, macro ámbito que contiene a varios de los protagonistas del período histórico analizado en este trabajo.
El Estado es “una formación contradictoria”, un ámbito en el que se condensan diferentes prácticas y “las transforma en el funcionamiento de norma y dominación sobre clases determinadas y otros grupos sociales” (Hall, pág. 30). De allí que afirmará que “la forma para alcanzar una conceptualización tal, no es la de sustituir la diferencia por su contraimagen (su unidad), sino reformular ambas en términos de un nuevo concepto: ´articulación´; es decir, a esa conexión o vínculo que requiere condiciones concretas de existencia para aparecer de alguna manera, sin ser eterna y con la necesidad de ser constantemente renovada”.
Como indicáramos anteriormente, “el carácter incompleto de toda totalidad lleva necesariamente a abandonar como terreno de análisis el supuesto de ´la sociedad´ como totalidad suturada y autodefinida” (Laclau, 1987, pág. 151). De ese modo, las identidades de los actores sociales nunca han de ser totalmente fijadas debido a que están a merced de esa sobredeterminación. El discurso de cada sector social, como práctica articulatoria, construye puntos nodales que fijan parcialmente el sentido, de modo de detener, también parcialmente, el flujo de diferencias que permite la apertura de lo social y sus significantes flotantes que a priori no están “cocidos” a ninguna cadena discursiva para fijar equivalencias funcionales a una construcción hegemónica.
La posición de de los actores sociales, sus identidades, es también una posición discursiva, sobredeterminada, que se constituye relacionalmente. En el caso de la privatización de YPF, como en otros momentos históricos, los actores sociales se constituirán antagónicamente, en el sentido que la relación entre ellos “no surge de identidades plenas, sino de la imposibilidad de constitución de las mismas (…) la presencia del Otro me impide ser totalmente yo mismo” (Laclau, 1987, pág. 168).
Si como dice Voloshinov la vivencia de cada uno de los actores sociales, en tanto lo expresado y su “objetivación externa”, nunca corre por fuera de su encarnación sígnica, entonces no será “la vivencia la que organiza la expresión, sino por el contrario, es la expresión la que organiza la vivencia, le da por primera vez una forma y determinación del sentido” (Voloshinov, 1976, pág. 120). De ese modo, la palabra –los decires en juego con la circulación de una creencia– se constituye en un “acto bilateral” en tanto se determina tanto por aquel a quien pertenece como por aquel a quien está dirigida: es, pues, la situación social la que determina la estructura de los enunciados.
Serán los discursos, como prácticas articulatorias, los que constituyan y organicen esas relaciones sociales y cada una de las identidades involucradas en ese proceso histórico se constituye de modo relacional; las identidades se determinan sólo por su posiciones a todos los otros, por lo que ellas no son (noción saussureana de valor). “En la medida en que toda identidad es relacional, pero el sistema de relación no consigue fijarse en un conjunto estable de diferencias; en la medida en que todo discurso es subvertido por un campo de discursividad que lo desborda; en tal caso la transición de ´elementos´ a ´momentos´ no puede ser nunca completa” (Laclau, 1987, pág. 153).
Dicho esto, pueden enumerarse no menos de diez actores que sostienen la creencia, de manera más o menos directamente, de la privatización de YPF. En primer lugar, puede identificarse al Gobierno y los bloques del Partido Justicialista en ambas cámaras del Congreso que, a pesar de algunas diferencias internas (como los cortocircuitos con el Ministerio de Economía y legisladores renuentes a la línea partidaria), llevaron adelante el proyecto de reforma del Estado que derivó en la privatización de YPF. Tras esa meta también se encolumnaron otros sectores políticos conservadores (como la Ucedé); los gobiernos de provincias petroleras, con marcado interés en los recursos financieros que les correspondería una vez logrado el traspaso de la empresa a manos privadas; la directiva de YPF, alineada al oficialismo; el sector empresario, firmas transnacionales, y firmas petroleras privadas, apostadas a un retiro de la participación estatal en sectores productivos; algunos sindicatos, que observaban la conveniencia de un apoyo a la medida para obtener luego beneficios en otras negociaciones políticas; y los organismos internacionales, que presionaban al país para que adoptara como propias determinadas premisas económicas de corte neoliberal.
En “la otra vereda”, quedaron posicionados el radicalismo (Unión Cívica Radical) y referentes políticos de partidos minoritarios, que se opusieron al proyecto de privatización, pero que discursivamente adoptaron una postura ambivalente respecto a la impronta ideológica de la iniciativa del Gobierno.
Estos antagonismos entre actores sociales marcarán los límites de toda objetividad: “si, como hemos visto, lo social sólo existe como esfuerzo parcial por instituir la sociedad –esto es, un sistema objetivo y cerrado de diferencias–, el antagonismo, como testigo de la imposibilidad de una sutura última, es la ´expresión´ del límite de lo social (…) El antagonismo como negación de cierto orden es, simplemente, el límite de dicho orden y no el momento de una totalidad más amplia respecto de la cual los dos polos del antagonismo constituirían instancias diferenciales –es decir, objetivas- parciales” (Laclau, 1987, pág. 169).
De allí que podrá afirmarse que la hegemonía es un tipo de relación política entre actores sociales. Pero siempre hay un exceso que es, a la vez, precondición de toda práctica hegemónica. Es un exceso necesario para toda práctica social; a saber, el campo de la discursividad. El discurso se constituirá como intento de dominar ese campo, es decir, como intento de detener el flujo de diferencias en la significación y establecer puntos nodales.
De acuerdo con Zizek, “la fantasía social es el modo de disimular el antagonismo”, esa división antagónica de la sociedad. Una fantasía necesaria –negación de la negación– que es a la vez el modo en que la ideología prevé de antemano su propia falla (Zizek, 1992, pág. 173). Atravesar la fantasía social, pues, no consiste en interpretar lo que los discursos de la creencia dicen, sino más bien identificar su síntoma de modo de echar un poco de luz sobre la lógica de inversión que se ha echado a andar.
Juegos con cadenas
En un proceso social e histórico como el que tuvo a la privatización de YPF como hito, el “efecto ideológico” no opera entre los sujetos de acuerdo a los principios de la enajenación, ni con la orientación del amor, como sostuviese Feuerbach. Tras La ideología alemana de Marx, ya no es sencillo pensar en una existencia ideal de los hombres, sino antes bien en una inserción social materialista dialéctica e histórica, movimiento teórico que abre la puerta para pensar en términos de formación social, fuerzas productivas, relaciones de producción, superestructura e ideología.
Ahora bien, si lo ideológico forma parte “orgánica”, como dice Althusser, de toda sociedad, es porque se trata de un elemento constitutivo omnihistórico (sin historia), y por tanto inconsciente y eterno, diferente a las ideologías particulares, de un momento histórico determinado, que lejos de ser una existencia ideal de tipo hegeliano se materializa en las prácticas concretas. “La existencia de las ideas de su creencia es material, en tanto esas ideas son actos materiales insertos en prácticas materiales, reguladas por rituales materiales definidos” (Althusser, 1970, pág. 62).
Las prácticas son a partir y por una ideología, y esa ideología existe en tanto tal por y para los sujetos, que son interpelados por ella para vivir su relación imaginaria con las condiciones reales de existencia. De allí que “estos rituales y costumbres [por prácticas] siempre suceden en lugares sociales, vinculados a aparatos sociales. Por eso debemos analizar o deconstruir el lenguaje y la costumbre, para descifrar las pautas del pensamiento ideológico que en ellos se inscribe” (Hall, pág. 40). Se trata, pues, de relaciones imaginarias, dado que no existe una correspondencia exacta entre las condiciones concretas de existencia y cómo “vivimos” esas condiciones.
Será fundamental en este trabajo visualizar aquellas operaciones por las cuales se construyen cadenas significantes, cómo aquellos elementos de lo social –a priori sin vinculaciones preestablecidas– se articulan con otros generando momentos diferenciales a través de las equivalencias. Laclau dirá que “la equivalencia crea un sentido segundo que, a la vez que parasitario del primero, lo subvierte: las diferencias se anulan en la medida que son usadas para expresar algo idéntico que subyace a todas ellas”.
Esa lógica tiende a la simplificación del espacio político y “cuanto más inestables sean las relaciones sociales, cuanto menos logrado sea un sistema definido de diferencias, tanto más proliferarán los puntos de antagonismo; pero, a la vez, tanto más carecerán de una centralidad, de la posibilidad de establecer, sobre la base de ellos, cadenas de equivalencias estabilizadas” (Laclau, 1987, pág. 171 y 174).
El domingo 27 de septiembre de 1992, dos días después de que el Congreso sancionara la ley que permitió privatizar YPF, en Clarín y La Nación fue publicada la siguiente solicitada:
Hola, futuro.
Con la sanción de la Ley de Federalización de Hidrocarburos y Privatización de YPF, se pone en marcha una trascendente operación empresaria. Fue el H. Congreso de la Nación, el de todos los argentinos, el que hizo posible que la empresa más grande del país, ahora en un mercado libre y desregulado, se desprenda de su ineficiente gigantismo para convertirse en una compañía competitiva y rentable. Estamos ante el punto de partida que dejará atrás la corta visión del dirigismo y los nacionalismos equivocados. Entramos al mañana con tecnologías de punta en prospección, producción, sistemas y recursos humanos y además modernos criterios empresarios. El plan de transformación iniciado en 1990 se consolida definitivamente. Un camino brillante de oportunidades se abre para la Argentina y para YPF. Hola, futuro.
Un cambio en profundidad.
Pueden leerse en la solicitada una serie de juegos de equivalencias, en términos de Laclau, de fuerte impronta ideológica, con fuente y eco en otros decires, en boca de distintos actores sociales, que alimentaron la creencia según la cual la lógica administrativa empresaria es superior y hasta preferible a la lógica política estatal. Se estructuraron, podría decirse, a partir de puntos nodales funcionales a las premisas neoliberales que conciben la preeminencia política de las empresas privadas en detrimento del accionar de una administración pública.
Las sociedades, dirá Laclau, “se constituyen en torno a una asimetría fundamental: la existente entre una creciente proliferación de diferencias –entre un exceso de sentido de lo social-, por un lado, y, por otro, las dificultades que encuentra toda práctica que intenta fijar esas diferencias como momentos de una estructura articulatoria estable” (Laclau, 1987, pág. 133).
Distintos significantes flotantes como “modernidad”, “mercado libre”, “buenas prestaciones”, “gestión transparente”, “largo plazo”, “racionalidad”, se estructuraron en un campo ideológico unificado a partir de la intervención del punto nodal “eficiencia empresaria”. Éste detuvo el desplazamiento metonímico del significado de aquellos elementos protoideológicos (a priori, sin ligazón, de carácter abierto) y fijó su sentido político en una dirección: la conveniencia de la privatización.
Pero existió otra serie de significantes flotantes que también estructuraron el “acolchonamiento” (la totalización de un significado y la circulación de la creencia; “la eficiencia empresaria”). Fijó identidades en la lógica del antagonismo de Laclau, definiendo a otros elementos por la negativa, por lo que ellos no son. Frente a la “eficiencia empresaria” y su cadena de equivalencias, del “otro lado” quedó otra cadena significante, signada por los valores “Estado burocrático”, “ineficiente gigantismo”, “partidos anticuados”, “corrupción”, “la corta visión del dirigismo” y “los nacionalismos equivocados”.
Hay otro juego de equivalencias susceptible de ser destacado, según el cual la lógica empresaria goza de la racionalidad que no tienen los círculos políticos e intelectuales. Domingo Cavallo, entonces ministro de Economía de la Argentina, decía que “los empresarios, cuando actúan y piensan como empresarios, son formidables. Pero a veces se las quieren dar de intelectuales. En lugar de reflejar la racionalidad que tienen como empresarios, adoptan la irracionalidad de muchos de los pseudo intelectuales que los asesoran”.
En esa misma entrevista, el funcionario desplegaba todo un discurso del mercado y la producción, como el descripto por Hall: “El que manda es el mercado. Los precios relativos que rigen la economía son fruto de la operatoria de los mercados, el equilibrio total del presupuesto público. Pero quiero advertirles a los trabajadores que quienes presionan por devaluar nuestra moneda están en realidad alentando dos cosas: que bajen los salarios y que se fuguen los capitales”.
Incluso esa apreciación establecía, según Cavallo, las pautas de la participación política aceptada y los circuitos a través de los cuales debía llevarse acabo: “Los empresarios que realmente tienen poder están votando a favor del programa económico. Los que se desviven por criticar son los que menos poder tienen. Si tuvieran poder real, votarían en contra del programa a través de los mercados”. En otras palabras, la participación política se corre de los ámbitos públicos y dependencias estatales, para ubicarse en los ámbitos privados del mercado, regidos por la oferta y la demanda.
Siguiendo un recorrido de la cadena significante y la rearticulación de asociaciones e identidades, si el Estado debe concebirse en su funcionamiento como una empresa, entonces quienes antes se identificaban como ciudadanos pasan a ser clientes o usuarios, y la noción de servicio público se corre al de prestación de un servicio/producto comercial.
La creencia de que un país, para que funcione “bien”, debe ser manejado como una empresa, se apoyaba también en la oposición entre un ideal de “intereses comunes”, y por tanto “sentido común”, a los que apunta una gestión “segura”, contra los peligros que acarrea el sistema de partidos políticos, que también “deben modernizarse”. “Es la creencia la que es realmente exterior, encarnada en la conducta práctica y efectiva de la gente” (Zizek, 1992, pág. 32).
Asimismo, frente a las críticas de la oposición, Menem construía el antagonismo necesario para edificar una posición hegemónica. Sostenía, en septiembre de 1992: “escuché los discursos de los legisladores radicales retrotrayéndonos totalmente al pasado. Está bien que sigan el pensamiento de los grandes hombres de su partido, pero tienen que hacer la correspondiente actualización como nosotros hemos aggiornado los principios justicialistas”. Su hermano Eduardo Menem, por entonces senador oficialista, decía que “la privatización de YPF es un aspecto muy importante en la concreción del programa de Gobierno, pues nos permitirá consolidar todos los logros obtenidos hasta ahora […] esperaremos, porque los legisladores van a reflexionar y no obstante algunas reticencias prevalecerá el sentido común y terminarán por presentarse en el recinto para terminar la aprobación de la iniciativa” .
Del lado de los actores que se opusieron a la privatización de YPF -el radicalismo y referentes políticos de partidos minoritarios, principalmente-, los discursos giraron en torno, ya no al juego de oposición entre los atributos de un Estado y una empresa, sino a valores relacionados con la “soberanía e independencia nacional”, otro repertorio de significantes que no se constituyeron en un point de capiton lacaniano de modo de fijar el sentido en otra dirección política.
El estatus de estos elementos, en el sentido de Laclau, es el de significantes flotantes “que no logran ser articulados a una cadena discursiva. Y ese carácter flotante penetra finalmente a toda identidad discursiva” (Laclau, 1987, pág. 154). Es decir que, desde la generación de sentido, lejos estuvieron de contraponerse al discurso del oficialismo y los actores que sustentaban la creencia del proyecto privatizador. E incluso algunas de las intervenciones pretendidamente críticas a ese modelo oscilaban entre distintos campos semánticos: para referirse a la ciudadanía, por ejemplo, hablaban casi indistintamente de “pueblo” o “usuarios”, términos que rozan la categoría de “significante vacío”, y por ello probablemente no movilizaron una significación diferente en torno a la privatización.
Por caso, el legislador radical por la provincia de Buenos Aires, Leopoldo Moreau, decía que “el Gobierno debe retirar su proyecto de privatización de YPF porque alguna vez debe escuchar la voz del pueblo”, al tiempo que el referente socialista, Héctor Polino, solicitaba que se realice “un referéndum junto con los comicios del año próximo para que el pueblo sea el que decida si se vende o no una parte de nuestra soberanía”.
Por otro lado, Daniel Salvador, legislador radical por Buenos Aires, sostenía que la privatización no es “una idea original del Gobierno actual, sino que responde al resorte internacional. Ahora –siguió– pasamos de pagadores de deuda externa a garantes de empresas privatizadas”. En sintonía, un funcionario anónimo, pero identificado como voz representativa de la “clase política” opositora, sí enfilaba sus críticas al andamiaje ideológico del proyecto privatizador, y alertaba sobre la pérdida de poder del Estado y los partidos frente a las empresas, apuntando directamente a las apreciaciones y el juego de equivalencias en danza: “Eficacia y solidaridad efectiva están ligadas”, decía.
Refiriéndose a las políticas de ajuste este mismo vocero sostenía que los países que pasaban por aquella situación “descubren todo a la vez: que la prosperidad no es más que el mañana y que el mercado no es el reino”. Mencionaba, a su vez, la dosificación “entre reformas estructurales y reforma financiera”, y al volver sobre el tema del mercado sostenía que “el mercado al comienzo contiene mil formas de abuso; es la mafia el triunfo de los astutos o de los traficantes de influencias (…) del mercado debemos aprehender con la misma mirada su eficacia (no es necesario demostrarla) y también su ineficiencia congénita, que hace que, abandonado a sí mismo, se desentienda del único elemento vital que conocemos: la persona”.
Al mismo tiempo, en el radicalismo, pese a oponerse a las medidas privatizadoras (“¡cipayos! ¡vendepatria!”, gritaron tras la sanción de la ley), se disociaba una privatización de una medida política. Otras intervenciones de los radicales matizaban el cuestionamiento ideológico de las implicancias de dejar en manos privadas áreas productivas del Estado, llevarlas a la lógica empresaria de mercado, en tanto ponían sobre el tapete el precio al cual debería hacerse: la privatización de YPF “es un negocio para cuatro o cinco (…) una veintena de diputados nacionales no sólo no vamos a votar por el proyecto de privatización de YPF sino que vamos a presentar uno alternativo pero de ninguna manera con la entrega de YPF por dos pesos”, decía Claudio Mendoza, legislador radical .
La creencia de que un país debe ser administrado como una empresa -y de ese modo alcanzar la “eficacia” y “modernidad” de gestión- se vincula con lo que Zizek identifica, retomando a Marx, como la idea del falso reconocimiento fetichista. Como si el designante rígido “eficiencia empresaria” fuera una propiedad natural de estos actores sociales, descuidando las relaciones sociales de las empresas con el resto de una sociedad (sin mencionar el concepto marxista de lucha de clases).
“La Argentina ha dejado de ser el país de los grandes negociados para transformarse en la Nación de los grandes negocios (…); el negocio empresario tal vez constituya la mejor noción para acompañar este proceso”, decía Menem. Aquí la idea de que las relaciones sociales, “de servidumbre y dominio” de las empresas, administradas por una clase social, se reprimen. Pero esa verdad reprimida surge en un síntoma que subvierte la creencia ideológica de “eficiencia” y “transparencia” empresarias.
Es precisamente a raíz de los intereses y valores concretos en las afirmaciones que han sustentado la creencia de que “para que un país funcione bien debe ser manejado como un empresa”, está desideologización, esta “apertura”, y “objetividad de intereses” paradójicos, que se cierra el circulo de la creencia. Es la lógica de la excepción, como lo apunta Zizek, el síntoma o ese “elemento particular que subvierte su propio fundamento universal, una especie que subvierte su propio género” (Zizek, 1992, pág. 47).
Se trata, en otras palabras, de presentar como “desideologizadas” medidas que tienen una fuerte impronta ideológica, con intereses y actores específicos envueltos, que paradójicamente se ajusta al “ideal de mercado” descrito por Zizek y Marx, de un supuesto intercambio justo y equitativo. Lo pretendidamente monoacentuado, retomando a Voloshinov, se presenta como abierto, como la “esencia” del acontecimiento y como intereses universales.
Hay, pues, medidas que en el análisis discursivo responden a un “universal ideológico”, el de la eficiencia, modernidad y austeridad de determinadas actividades en manos de empresas, que antes formaban parte de la órbita del Estado; y esas medidas dan origen a un elemento particular que subvierte ese universo: el síntoma, ese aspecto irracional, según Marx, es el de las actividades productivas puestas al servicio (y beneficio) de un sector social, es decir, en este caso, las empresas privadas.
Se trata, de algún modo, de la “negación de la negación” que Zizek menciona al criticar los postulados de Sloterdijk. “Este cinismo es, por lo tanto, una especie de ´negación de la negación´ pervertida de la ideología oficial: confrontada con el enriquecimiento ilegal, con el robo, la reacción cínica consiste en decir que el enriquecimiento legal es mucho más efectivo, y además, está protegido por la ley. Como Bertolt Brecht dice en su Ópera de tres centavos: ´¿qué es el robo a un banco comparado con la fundación de un nuevo banco?”. El problema, volviendo a YPF y este trabajo, tiene que ver con que ese ejemplo pone en la misma línea al Estado con las empresas privadas: ambos son “bancos”.
El entonces jefe del bloque de diputados del Partido Justicialista y uno de los impulsores de la medida, Jorge Matzkin, reponía, días antes de la privatización de YPF: “Yo creo que nos estamos debiendo un debate a fondo sobre la corrupción. Una cosa es la del ladrón de gallinas que deja las plumas hasta en el sombrero y otra es la gran corrupción. Esta última no va más con la privatizaciones, la patria contratista ya no podrá hacer negocios con empresas públicas de manejo discrecional” .
Aquella razón cínica, aclara Zizek, cae en el error de mezclar síntoma con fantasía, dejando intacto el nivel fundamental de la fantasía ideológica: “el nivel en que la ideología estructura la realidad social”. Lo que se reprime no es el “origen oscuro” de este proceso, sino que ese proceso es “necesario” para volver aceptable la realidad social. El mecanismo de transferencia “nombra el círculo vicioso de la creencia: las razones de porqué hemos de creer sólo son convincentes para aquellos que ya creen” (Zizek, 1992, pág. 67).
(*) Trabajo realizado en el marco de la materia Teorías y Prácticas de la Comunicación III, cátedra Caletti, de la carrera Ciencias de la Comunicación (Universidad de Buenos Aires), noviembre de 2007.

Bibliografía
Althusser, L.: – La revolución teórica de Marx, siglo XXI, Bs. As., 1967:
- Marxismo y Humanismo;
- Contradicción y sobredeterminación
- Los manifiestos filosóficos de Feuerbach
Hall, S.: Significado, representación, ideología; Althusser y los debates post-estructuralistas, en CURRAN, J., MORLEY, D., WALKERDINE, V., (compil.), Estudios culturales y comunicación, Paidós, Bs. As., 1998.
Hall, S.: El problema de la ideología: marxismo sin garantías, en revista Doxa, Bs. As., Año IX, Nº 18.
Laclau, E., y Mouffe, C.: Hegemonía y estrategia socialista, Siglo XXI, 1987.
Marx, K.: La ideología alemana, parte I, sección A; en Ed. Pueblos Unidos, Montevideo, Págs. 16/55; hay otras ediciones.
Marx, K.: Tesis sobre Feuerbach, en Ibíd., Págs. 665/8
Marx, K.: El fetichismo de la mercancía y su secreto, en El Capital, Vol. I.
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Pêcheux, M.: Hacia un análisis automático del discurso, Grados, Madrid, 1978.
Voloshinov, V.: El signo ideológico y la filosofía del lenguaje, Nueva visión, Bs. As., 1976.
Zizek, S.: El sublime objeto de la ideología, Siglo XXI, México, 1992.
- Cómo inventó Marx el síntoma
- Che vuoi?

2 comments
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23/11/2007 a 9:44 pm
Marce
Y yo que pensaba que iba a tener teléfono pronto. Ahora lo tengo rápido, pero me cuesta cinco veces más.
Soy contadora de formación y el otro día discutíamos con un amigo sociólogo sobre lo diferente que veíamos algunas cosas. En política es donde notamos más contrastes.
Me parece que todos conocemos la historia de la privatización de YPF. Está bueno verlo así, como en este texto, pero se me hace todavia dificil de aprehender. Sera una cueestion de formacion, pero cuesta verlo así.
07/03/2008 a 6:17 pm
Verboamerica
Lástima que la ideología de la empresa regresó…
Lástima, para colmo, que Macri como empresario tampoco es bueno… siempre el Estado lo ayuda… para eso es keynessiano…
“Macri vivió siempre de franco, con mayúscula y minúscula”…