La Razón a voluntad

Quien tuvo la oportunidad de circular por Buenos Aires, y tiene oídos, ojos, cabeza lo suficientemente despabilados, habrá percibido –espero– esa notable tensión que de vez en cuando nos regala la ciudad y aquellas curiosidades del idioma, rozando la comicidad.
Pero la mueca risueña se enchastra de preocupación cuando escuchamos lo que escuchamos, entre las cientos de caripelas que desfilan por todo el abecedario del subte porteño.“La razón a voluntad” podría argüir Kant en un invento inverosímil para racionar la existencia según las ganas del momento.
Pero no, la frase no lleva la rúbrica del alemán sino de personajes tanto más cercanos y tanto menos instruidos como los chicos de la calle, o más bien del subte. Los mismos que nos cruzamos en cada esquina, con cada pelotita con vocación de malabar y cada balde de agua sucia, verdugo de vidrios limpios.
Aquí no hay inquietudes filosofales, ni zapatos de goma. Intermitente, desde gargantas cada vez más pequeñas, resuena en el subte: “la razón a voluntad”. Se repite en la estación Ángel Gallardo, o en Lima, o en Plaza Italia, así como en la estación Boedo, o en Diagonal Norte. En todas, de todos los colores.
Esas cuatro palabras reclaman atención, por su etimología tan de otro pozo respecto a quienes las enuncian. Y adquiere otra pesadumbres al bajar uno la vista y dar cuenta de la mayúscula. Es “La Razón a voluntad”, con R grande. No se trata de un llamado a la conciencia social en forma de S.O.S.; ni del panfleteo militante o una declaración de principios. No.

Lo que a los oídos de cualquier bienaventurado sonaría como un claro pedido de auxilio, lastimero, no es otra cosa que la puesta en oferta del diario La Razón. En contra de esa pobreza no habrá planteo, por más reaccionario o progresista que se autoproclame, mejor recibido que el tintineo de unas pocas monedas; “a voluntad”.
Razón esa que, paradójicamente y sólo unos minutos antes, se repartió gratis entre todos, menos para algunos. Quedaron muchos arafue de la repartija que, tal como en la superficie, más cerca del nivel del mar, a cambio de monedas tienen que recoger los restos que otros desechan.
“Razón” existe de sobra. Y de la más extrema, con los medios y los fines como santos de devoción. No le tiembla el pulso si tiene que apretar el gatillo, o usar picana, o la cámara de gas, o promulgar la flexibilización laboral, o bajar el presupuesto al gasto social.
Al dejar atrás las escaleras de la boca del subte, escucho la frase en mi cabeza, una y varias veces. Me cae una pregunta encima, tan pesada como un yunque: ¿y de voluntad, por casa, cómo andamos? La respuesta, espero no tenga forma de monedas.

soy la primera en comentario? lo volví a leer y me volvió a gustar.
gran texto