“Desconfío mucho de la palabra”
Hay pocos nombres con gravedad propia. Hermenegildo Sábat, el artista, el cronista gráfico de todos los días en Clarín, el ciudadano ilustre de Buenos Aires, tal vez sea uno de esos personajes. Pocos tan respetados y admirados aquí y en todo el mundo. En esta entrevista, el hombre detrás de la leyenda no puede disimular su simpatía, aún ante la incomodidad del reconocimiento y los micrófonos.
Por Fernando Amdan (*)
Contra lo que podría esperarse, no era al compás del dos por cuatro que repiqueteaban sus pies sobre el piso de la Fundación Artes Visuales. De prolijo guardapolvo azul, Hermenegildo Sábat no oculta su disfrute por una melodía de Coltrane, bien jazzera, que inunda el espacio donde una docena de sus alumnos practica trazos y pinceladas.
Tal vez por su experiencia como periodista ha sabido leer como nadie los cifrados culturales y sociales de todo un país; este nacido en Montevideo, hijo dilecto de una Buenos Aires que lo adoptó como propio (y de la que es Ciudadano Ilustre desde 1997), hoy es uno de los artistas más reconocidos de estas latitudes. Pero no sólo aquí: sus trabajos han sido publicados en medios gráficos de todo el mundo, como The New York Times, L´Express, American Heritage, Punch, O Globo, entre otros.
Andar pensativo, las manos reunidas al dorso del cuerpo, como quien conserva un tesoro, una idea, Sábat es una leyenda de todos los días. El Clarín sería otro si, después de casi tres décadas, sus páginas no albergaran a su Gardel alado o a sus comentarios políticos en clave de caricatura, que aún sin palabras pueden valer más que mil. Aunque él guste decir que “la confusión empieza con las palabras, la gente se pelea por ellas”.
Respetado y querido por igual, Sábat amaga con el gesto adusto para en segundos develar su rostro más auténtico, al morderse la risa entre dientes (acaso su mejor dibujo). Tras pasar por Primera Plana, fue con su ingreso a La Opinión, de Jacobo Timerman, que, dice, Sábat pasó a ser Sábat. En ese entonces, el director del Buenos Aires Herald, su anterior jefe, lo saludó a la distancia y remarcó que La Opinión no iba a utilizar fotografías: “Teniendo a Sábat, para qué precisan fotos”, publicó en un anuncio que daba la bienvenida al nuevo diario. “Desde ese día en mi vida todo fue muy bien, muy suavecito”, recuerda el dibujante, con ese acento, ahí sí, del tango que no puede evitar y que ahora, cuando nos sentamos a conversar, inunda el espacio donde una docena de sus alumnos practica trazos y pinceladas.
- ¿Cómo surgió el proyecto de pintar las estaciones de la línea H del subte?
- Eso surgió hace tres años, no es una cosa de hora. Se fue demorando la inauguración y además creo se ha complicado porque no está hecho como se previó. Es decir, con una licitación que contemple trenes nuevos. Nosotros hicimos lo nuestro, que no está terminado tampoco, porque ahí falta la individualización de cada uno de todos los trabajos. Son cinco estaciones, que van desde once, pasando Aníbal Troilo que la pinté yo, otra que es Francisco Canaro, una que es Osvaldo Fresero, otra Azucena Maizani y Julio de Caro.
- ¿Y porqué estos personajes?
- Las estaciones tienen por fuera, para no complicar las cosas, el nombre de la calle a la que corresponden, y adentro sí se le pone el nombre en homenaje a uno de los personajes de la historia del tango.
- ¿Qué significó para usted compartir el proyecto con su hijo Alfredo?
- Lo elegí a mi hijo en un acto, a lo mejor, casi de abuso, pero porque confío mucho en lo que él hace. Elegí también al señor Carlos Nine y al señor Oscar Grillo. Son gente que conozco y de la que sabía que iban a responder en la medida de lo que hicieron. No les dije lo que tenían que hacer. En estos casos hay que trabajar con gente que uno sabe cómo va a responder y que se sintieran satisfechos con eso.
- Bueno, en el caso de su hijo debe significarle una satisfacción especial…
- Pasa en muchos lados. Desde chico trabajó y me ha acompañado en muchas cosas. Es diseñador gráfico, recibido en la facultad de Arquitectura, con muchas ganas de hacer cosas. Sé lo que es capaz de hacer. No tengo celos por el talento ajeno, y eso lo incluye a él también. Eso pasa, hay gente que es insegura, pero yo no tengo problemas.
- ¿En sus dibujos hay una búsqueda de identidad de la ciudad, del tango y la cultura?
- No… Lo que pasa es que yo vivo acá, no en otro lado. Si uno no vive en el lugar donde está, entonces es imposible, viejo. Te hundís, entonces tratás de falsearte la vida. Para nosotros, obviamente, el tango forma parte de la cultura de la ciudad, le guste a la ciudad o no. Es decir, acá no hay que inventar nada, el tango está, ahora si a lo mejor está desapareciendo por otras razones, ahí no sé. Pero hay que cultivar eso también.
- ¿Cuál cree que es el papel del tango, de la cultura en general, en el desarrollo de una zona, de los barrios porteños?
- El tango es una cosa que surgió espontáneamente, acá en la ciudad, en zonas aledañas al sur como La Boca o Barracas. Después llegó hasta el centro por virtud de algunos músicos maravillosos, caso de Julio de Caro, o Francisco De Caro. Si después, por otras razones que no voy a discutir, el tango se ha ido distanciando… Bueno. El tango es de acá y hay que escucharlo. La cultura, viejo. Acá no se puede amputar una ciudad: la cultura existe. Existe gente que pinta, gente que escribe, gente que compone música. Es lo que siempre ha funcionado en cualquier ciudad. No es característica individual de Buenos Aires.
- ¿Sigue las nuevas expresiones que surgieron en los últimos años?
- De eso no opino, porque no puedo opinar de todo. Cada vez más uno tiene que ser respetuoso de ciertas cosas. A mí mucho no me gusta hablar, y desconfío mucho de la palabra. Las grandes ciudades artísticas están lejos, y muchas veces, todavía, se alienta la idea de que los artistas son atorrantes subvencionados por la sociedad.

EL RINCÓN DE SÁBAT
Hay un autoretrato de Sábat escondido por ahí (“fue hace años, no he tenido el buen gusto de hacerlo de nuevo”), en el taller de la Fundación de Artes Visuales, que hasta hace pocos meses supo ubicarse en pleno San Telmo.
- ¿Cuál es el proyecto con la escuela?
- Mirá, viejo, acá el punto es vincularse con gente más o menos que tenga necesidad de ser respetada. Pero no voy a poner un cartel en la puerta que diga “Escuela de Respeto”. La gente busca respeto, y es gente respetable. Viene acá, está tranquila, se pone música. La idea es acompañarlas en eso. Aquí buscamos alentar la percepción. Se trata de saber cómo construir un dibujo, manejar el lápiz, pintar, mientras se observan y copian ejemplos de grandes artistas. Es una cuestión de respeto, pero también despertar la capacidad de aceptar la enseñanza. Aquí la gente trabaja escuchando música de la buena y puede ver grandes obras. No se trata sólo de talento, no creo en los autodidactas.
- ¿Siente que ganó un lugar de respeto, con su trabajo en Clarín?
- De mí no me gusta hablar. Hace años que estoy en el diario, desgraciadamente. Digo desgraciadamente porque no puedo volver para atrás… (risas) Es un trabajo, con el que me gano la vida. Lo mío es menor, un trabajo de periodista, simplemente.
- ¿Hubo algún momento especialmente difícil para trabajar, como durante dictadura, tal vez?
- Mi trabajo no es esencial en el diario. No es algo que sale en primer plano. Todo depende de tener en claro los límites de cada momento, que uno tiene que saber, tenerlos presentes. Trabajo ahí todos los días, a la par de los periodistas. Nunca me llamaron para que me callara o para insultarme. Siempre hay cosas más importantes que mirar un dibujo, y gracias a eso en la dictadura pasé de largo sin problemas. Dibujaba mucho a Menem, en su momento, siempre aferrado con las manos al sillón y nunca me vinieron a decir nada.
- ¿Comparte el sentido del humor con otros dibujantes?
- Tampoco puedo opinar de eso. No sé que me diferencia o une a los otros. Todo depende de cuál es el alcance de la definición de humor. Es muy local el humor, viejo, incluso dentro del país. Un dibujo puede tener un valor en Buenos Aires y otra cosa diferente en el interior.
- ¿Y es diferente dibujar para el diario, que sentarse hacer una obra?
- Es totalmente diferente, desde los materiales, la dedicación, todo. Para el diario trato de interpretar las cosas que pasan, pero cuando pinto al que interpreto es a mí mismo.
- Muchos artistas, periodistas, dibujantes, escritores, suelen elegir determinados lugar de Buenos Aires para vivir o trabajar, sea en Palermo o mismo el sur, como San Telmo o Barracas, como si fueran espacios que propician estos encuentros culturales…
- Creo que pasa en todos lados de la ciudad, y no creo que surja especialmente en lugares. Depende de muchas cosas y hace un compañero joven del diario me decía que quería mudarse al sur. Hay sorpresas, siempre. Hay gente que vive lejos de Buenos Aires, y también hace cosas maravillosas. Fontanarrosa vivía en Rosario, Crist trabaja en Córdoba. Creo que debe haber muchos más artistas ignorados en actividad en el interior que acá, en Buenos Aires. Ahora, yo festejo que haya gente en el sur de la ciudad que trabaje (risas). En su momento elegí San Telmo porque me gustaba y porque era barato.
- ¿Lo ponen incómodo los reconocimientos, como cuando lo declararon ciudadano ilustre de Buenos Aires?
- No es que me ponga incómodo. Es que me llevan a pensar en mí, cosa que trato de disimular (risas).
- ¿Cómo lo disimula?
- Tratando de pensar en los demás.
- ¿La escuela es un modo de hacer eso?
- Sí, estamos en el intento.
-*-
Herencias de arte
Todo empezó un 13 de abril. Esa fecha, el día de San Hermenegildo, nació el abuelo de Sábat. Se llamaba igual que su nieto, que nacería en 1933, y al igual que su nieto elegiría las artes plásticas como medio de trabajo y expresión. Hermenegildo Sábat, el nacido en el siglo XIX, fue caricaturista político, profesor de dibujo, pintor, y “todo lo que yo quise hacer, pero él lo hizo antes”, relata el Sábat contemporáneo. “Es una especie de destino que uno ha aceptado. Él tampoco quiso tener actividad política ni tener cargos con connotación política.” Persistente, el destino se encaprichó y quiso que su hijo Alfredo (el bisnieto de aquel primer Hermenegildo) siguiera los pasos del arte y la expresión. Hoy, los dos Sábat trabajan juntos en proyectos como el de las estaciones de la línea H del subterráneo, recientemente inaugurada. Semanas atrás, Alfredo ganó el primer premio del World Cartoon Festival de Kosovo, con un trabajo en el que recreó el famoso cuadro de los fusilamientos de 1808, en Madrid, del artista español Francisco de Goya, al que le sumó un grupo de periodistas que están filmando la dramática escena. La vitrina de los Sábat sigue creciendo.
(*) Nota publicada en la revista Desde el Sur


No deja de sorprenderme cuántos de nosotros desconocemos a este personaje porteño, sobre todo cuando vengo a enterarme de que los dibujos que tuve colgados en mi casa de San Telmo durante 15 años eran de él. Ahora, sé.
Me gustó, interesante.
Es increible como sus dibujos están en todos lados. Su Gardelito ya es un ícono.
Si yo fuera una vieja sentada en la puerta de mi casa, diría: “es un artista como los de antes, viejo”
Muy linda entrevista….
Saludos!
Otro excelente personaje cultural de bajo perfil de los fondos porteños… entre tantos …
Muy bueno el blog…
Saludos