Inicio > Colombia, Entrevistas, Tomás González, escritor > El secreto en voz alta: Tomás González

El secreto en voz alta: Tomás González

Para su primera novela, Primero estaba el mar, se inspiró en el asesinato de su hermano Juan. Viajó a Estados Unidos buscando mejor vida. Intentó dedicarse al cultivo de champiñones en Pennsylvania, pero set-gonzalez-2.jpg perdió en la autopista por horas y nunca lo volvió a intentar. Dentro de un pequeño taller, alternaba la escritura con la reparación de ruedas de bicicletas. Con el tiempo su obra comenzó a hacerse conocida, y él como “el secreto mejor guardado de la literatura colombiana”. Aunque los micrófonos lo asfixien y reniegue del marketing editorial, Tomás González dejó de ser un nombre susurrado entre voces, para hacerse un rincón en la literatura latinoamericana.

Texto: Fernando Amdan / Fotos: Alejandro Amdan

Ese aspecto frágil, casi desgarbado, no amedrenta presentaciones firmes: “Yo viví tal vez 20 años en los Estados Unidos, 16 en New York. Volví hace cuatro años a Colombia, pero no a Bogotá, sino al campo. Pensé que si venía de New York mejor me iba para un pueblo pequeño, porque si me iba para Bogotá tal vez iba a sentir nostalgia. El pueblo en donde vivo es muy bello, y es muy tranquilo: Chía. Tal vez los dos primeros años se me hizo sentir mucho la nostalgia por la ciudad, cuando la veía por televisión sentía así como un peso en el corazón por haberme ido. Pero ya me gusta, Colombia siempre me ha gustado”.

- El lugar donde vive un escritor suele colarse en las historias que narra. Imagino que tendrá que ver con el arraigo, y no ha de ser lo mismo un relato ambientado en New York y otro en Colombia.
- Muchos de mis libros transcurren en los años sesenta y setenta, que era la época en que yo vivía en pueblo cerca de Medellín, que se llama Ridado. Y es lo que he cubierto en novelas. De New York empiezan aparecer algunas cosas breves y algunos poemas. Quizás me vaya a quedar más fácil trabajar en las vivencias de New York en poesía, pues siento que se ajusta más a lo que yo viví en la ciudad durante ese tiempo.
- ¿Por qué la poesía se ajusta más a New York?
- Pues porque yo era inmigrante. Había cierto desarraigo con relación a lo que yo había vivido y había tratado en novelas. Novelas en las que me permitía hacer el recorrido narrativo el hecho mismo de que yo me hubiera formado en el sitio sobre el que estaba escribiendo y era la parte más intensa de la vida de los seres humanos que conocí mis veinte primeros años. Llegar a New York es llegar un poco fracasado, y es una fragmentación en la que la poesía tal vez le permite a uno acercarse más a lo que ha vivido.
- Parece que fue difícil llegar a una nueva ciudad.
- Fueron seis meses muy duros desde la llegada. Y algo tuvo que ver con el cambio de barrio. Cuando yo llegué a la parte norte, la 100, nunca tuve empatía con ese barrio en particular, a pesar de que quedaba muy cerca del Central Park y tenía cosas muy bonitas. Después me fui a vivir a Lower East Side, y ya fue como llegar a mi casa. Tan pronto llegué me sentí que estaba en lo propio, en lo que buscaba. Todavía es un barrio muy lleno de vida: ya llegaron las galerías de arte, los restaurantes caros, y todo sigue siendo bonito. Es un barrio agradable pero ha cambiado mucho el carácter. Había y hay todavía familias puertorriqueñas viviendo, con familias también de inmigración judía que ha llegado primero de Europa Oriental. Todo eso superpuesto, coexistiendo. Al lado de las galerías muy sofisticadas está la señora que nació en Polonia y fue ahí, o que nació allí, pero es de familia polaca.
- No habría de ser fácil sentarse a escribir.
- Al principio es muy difícil. Hay que aprender a encerrarse. Y la ciudad lo permite. Uno ya aprende a dosificarla y a manejarla, para tener tu espacio para escribir. Resulta muy estimulante saber que uno está acá escribiendo pero que cuando quiera la ciudad ya la tiene a la mano.
- Pero antes pasó por Miami, para luego seguir camino al norte. ¿Por qué ese recorrido?
- Era también un poco salir de Miami. Es una ciudad no peatonal, sino de automóviles. Me gustaba el mar, me gusta todavía, pero nunca logré acostumbrarme a que si uno quería un paquete de cigarrillos, tiene que agarrar el carro para ir dos cuadras. No era tanto por el norte, sino por buscar una ciudad que se pareciera más a Bogotá, que es la ciudad en la que había vivido. El choque que le mencionaba antes fue en parte porque me gustaba el ambiente de Miami, muy despejado, muy verde, por eso esos seis meses fueron difíciles, que no me encontraba.
- ¿Es cierto que intentó dedicarse a la plantación de champiñones en Pennsylvania, pero que nunca llegó porque se perdió en la autopista?
- ¡Ha venido bien informado! (Risas) La idea era irnos de Miami. Yo aprendí a cultivar champiñones en Pennsylvania, con la idea de volvernos y empezar a cultivar champiñones en la sabana de Bogotá. Pero un amigo nos dijo que mientras yo estuviera en Pennsylvania buscando el asunto de los champiñones, visitáramos New York y quedáramos allá. Llegamos a New York y dos días después salí yo con mi autito para Pennsylvania a buscar los champiñones. Pero lo que encontré es que es un cultivo muy desagradable. Sólo de ver el ámbito sentí que no era por ahí, que tal vez lo que yo andaba buscando era estar en New York. Esto era como una disculpa para salir de Miami.
- Pero usted había empezado a escribir antes de dejar Colombia…
- La primera novela se publicó en Bogotá un año después de que me fui para Estados Unidos. No estuve en el lanzamiento del libro…
- Una exageración de eso de que nadie es profeta en su tierra.
- (Risas) Fue una lástima, se lanzó en un bar y entiendo que la fiesta que hicieron fue especialmente buena.
- A veces pareciera, especialmente en América latina, que es un requisito para los escritores estar afuera para recibir difusión en sus propios países.
- Ha sucedido con frecuencia, es cierto. No sé muy bien en el caso mío. La discusión se ha ido muy lentamente, y muy lentamente han aumentado los lectores. No le sabría decir bien si el hecho de salir del país haya ayudado en ese sentido. Ha ayudado en otros. Me ayudó a tomar la distancia para escribir cosas que había vivido hacía mucho tiempo. Me ayudó a conservar el lenguaje antioqueño de los años sobre los que me interesaba narrar, porque me desconecté de la ciudad y ya no recibí la evolución lingüística al español de esa región. Se conservó, junto con las imágenes, el modo de hablar, y es muy probable que el hecho de estar en New York aislado de lo que había vivido eso me ayudado a escribirlo.
- También lo habrá desmarcado de algunos vicios de la narrativa colombiana.
- Sin duda. A los escritores que les tocó el tema del narcotráfico era tan fuerte que, un poco, no podía no pensar en eso, ni hablar de eso. Se pierde la perspectiva más histórica, más de fondo del país. En las novelas mías traté de que la violencia sí aparezca, pero no como tema principal, sino como un telón de fondo. Como un ruido de fondo en el transcurso de la vida normal de la gente.
- Entre los escritores latinoamericanos a veces pareciera que existe una suerte de necesidad de referirse a temas sociales y políticos. ¿Le sucede lo mismo?
- En literatura aparecen estos temas, pero lo hacen como aparecen normalmente en la vida de la gente que estoy narrando. No como un tema explícito. Aparece como aparecen todos los demás elementos de la vida.
- En su regreso a Colombia, ¿sintió esa violencia, o lo recibió otro panorama?
- Antes de volver decidí que me iba a un sitio retirado, a vivir en el campo. Y los problemas fuertes me llegan un poco indirectamente. Me entero, por supuesto, pero problemas de paramilitarismo no hay en la región en donde estoy. En cierto modo yo me refugié allí, creé un poco mi universo, que es un poco la paradoja del día a día del país. Pero sigo dándome cuenta que el problema de la violencia ciertamente es endémico. Cambia de forma, pero una y otra vez se recurre a la misma manera de tratar de solucionar los problemas. Como que se creó esa manera, se volvió parte del repertorio para resolver las cosas.
- La alegría de los colombianos y la violencia del país. Son como dos caras.
- Se siente así y traté que se reflejara en mis libros también. Hay una vida normal, al mismo tiempo que la guerra está golpeando como por detrás al país mismo y a la gente. Pero yo creo que eso ocurre siempre en situaciones de guerra. La gente mantiene una normalidad, sigue saliendo a comprar la leche, y sigue haciendo las cosas realmente más importantes. La relación familiar inmediata, eso es más real, lo otro es casi como una fuerza tal vez de la naturaleza, algo que no pueden controlar muy bien y siguen en sus vidas.


t-gonzalez-1.jpg


– Su regreso a Colombia es cuando se recrudecen las políticas migratorias de los Estados Unidos. ¿Tuvo algo que ver una cosa con la otra?
- Coincidió. Pero sí me tocó la caída de las Torres y me tocó ver el ambiente que se estaba enrareciendo mucho en Estados Unidos. La caída de las Torres es tal vez lo más terrible que yo haya vivido. Fue un dolor colectivo. La gente dejaba de hablar en el subway. Era muy impresionante, en una ciudad donde la gente habla tan duro y tanto, y todo el mundo tenía cara de desastre. A la ciudad la empapelaron con las fotos de los muertos, y donde miraras eran fotos de gente sonriendo, en momentos muy felices. Y el olor a quemado, a químico, que no se terminaba de ir. No era lo mismo ir al sur de Maniatan, uno sentía el espacio vacío, como un vórtice.
- Y el ambiente político ya no era el mismo…
- Hubo un recrudecimiento. La derecha republicana venía perdiendo popularidad, antes de las torres. Con la caída de las torres, eso le cayó en bandeja, porque era la disculpa perfecta para echarse totalmente a la derecha. Y se empezaba a sentir en cierto patriotismo, en la calle, ciertas manifestaciones patrióticas, que son nacionalistas, y que uno las ve como peligrosas. O sea que el mío fue un regreso muy a tiempo. Claro que la ciudad se ha recuperado, me dicen mis amigos. Es una ciudad que se ha recuperado de muchos otros golpes, y se recuperará también de este. Pero sí nos dimos cuenta de que iba a tomar mucho tiempo, que iba ser muy bella y todo, pero ya no iba a ser la misma que antes de las torres.
- ¿Vivía de las letras?
- En Miami, teníamos un taller para arreglar ruedas de bicicleta, y era en la casa. Entonces podía escribir. Mi escritorio estaba acá, y las ruedas de bicicletas estaban allí. Podía escribir cuatro horas y después salir a trabajar. Ya en New York empecé a buscar trabajo como traductor, como periodista a veces, y como corrector de pruebas también. Fue lo que hice durante mucho tiempo. Hace mucho tiempo trabajo con el idioma. Tomó su tiempo, hice muchos trabajos, muchas cosas, antes de empezar a trabajar con el idioma. La gran ventaja es que como sea me alcanzaba mi tiempo para escribir. Eso era lo que más me interesaba. No me importaba el trabajo que fuera, sino que tuviera mis tres horas totalmente libres por la mañana. Con las traducciones tenía la ventaja adicional de trabajar con el idioma, lo que resultó muy bueno para la escritura.
- En la literatura latinoamericana, y en especial la colombiana con el caso de García Márquez, los escritores suelen involucrarse activamente en política. ¿Usted también siente ese compromiso?
- Cada escritor tiene su forma de mostrar su trabajo. Yo no creo que García Márquez haya podido mostrarse de otra manera. Está en él y es parte de su grandeza como escritor también. Lo que sí he sentido en muchos escritores es que siguen escribiendo cuando ya han terminado de decir todo lo que tenían que decir. Siguen con obras que sería mejor que no hubieran salido. Son escritores muy grandes, que uno siente que escriben casi por esa obligación de estar permanentemente en el ojo público.
- Sin embargo, usted ha aparecido junto a otros escritores al pie de algunos comunicados que tomaban postura frente a algunos eventos políticos…
- No es mi tema preferido la política. Cuando me preguntan digo lo que pienso sobre el tema. Pero no considero que sea mi deber como escritor hablar de estos temas, siempre y cuando no estén en lo que escribo. Si aparece la violencia política de los años 70 en una de mis novelas, es porque los personajes estaban viviendo esa violencia política. Era imposible hablar de ellos sin hablar de lo otro, y del genocidio, porque es lo que los personajes piensan, es lo que dicen. Si no puedes retratarlos bien, si no tienen opinión, te queda mal el retrato.
- Los primeros en descubrirlo fueron otros escritores, que lo elogiaron casi desde el primer momento. ¿Cómo siente ese reconocimiento?
- El reconocimiento es siempre muy agradable, y yo lo tomo como lo que es. Es un reconocimiento a muchos años de esfuerzos y dedicación, que no siempre fueron fáciles por los mismos problemas literarios y los problemas para organizar mi vida. Es muy agradable cuando oigo que a la gente le ha gustado y es parte integral del oficio de escribir. Esperar la aprobación. Y en todo objetivo artístico, el público es esencial. No hay obra artística que no vea la otra parte.
- Algunos de sus seguidores dicen que, por su obra, es muy extraño que no sea más conocido. Pero otros, a la vez, sostienen que es mejor así, para no perturbar su escritura.
- Yo prefiero que no haya demasiada bulla. Prefiero que el reconocimiento me llegue, pero no me interesa mucho figurar, no me interesa ser figura pública. Me interesa muchísimo sí que guste mi trabajo.
- Bueno, de hecho no estuvo en la presentación de su primer libro.
- En la del segundo tampoco. Y eso tiene sus ventajas. Si uno logra mantenerse un poquito no tan interesado en el éxito inmediato, te da mucha libertad de escribir lo que quieras. Durante mucho tiempo lo he tenido, por no buscar vender. Podía meter la pata si quería.
- ¿Ya puede dedicarse completamente a la literatura, o necesita otros trabajos todavía?
- De la traducción necesito todavía. Trabajo menos horas ya, pero lo hago también porque me gusta, porque es como escribir. A veces no es tan bueno, porque no son temas tan interesantes, pero cuando llegan es muy parecido a escribir, aunque sin el inconveniente de la página en blanco.
- Primero estaba el mar tiene que ver con el asesinato de su hermano. ¿Cómo fue ese proceso?
- (Silencio) Fue muy difícil para mí escribir sobre la muerte de mi hermano, porque de a ratos sentía que la estaba utilizando para hacer literatura. Eso me mortificó todo el tiempo que la estuve escribiendo, pero no podía dejar de escribirla. Era un impulso que no podía evitar y solo ahora, muchos años después, me doy cuenta de que era la manera mía de recuperarlo a él y entender lo que había pasado. Y entender lo que no entendía que había pasado. La tenía que hacer, porque sino no lo hubiera superado jamás.
- ¿Y qué pasó?
- Se encontró con una mala persona. Mala suerte por un lado… (Silencio)
- ¿Qué tiene pendiente como escritor?
- Estoy tratando de terminar un libro de poesías, que quisiera publicarlo en otro ámbito. Estoy también con un libro de cuentos cortos. A los dos los trabajaré un poco más en New York. El de poesías se llama “Manglares” y el de cuentos no tiene nombre todavía.
- ¿Y qué es eso de ser “el secreto mejor guardado de la literatura colombiana”, como lo han identificado?
- Esa frase apareció hace poco. Me imagino que les habrá gustado, pues es muy redonda… (Risas). Creo que ese es el encanto. Pero algo de cierto tiene, pues no he buscado mucho la publicidad. Le tengo un poco de recelo a la ilusión. Como si me abrieran el escritorio, como que la intimidad de mi trabajo se arriesga a perder. Y toda la libertad que siempre había buscado, de meter la pata, si quiero, de escribir lo que quiero, la pierdo, pues uno empieza a tener ciertas obligaciones.
- A esta altura ha dejado de ser un secreto. ¿Hubiese preferido seguir siéndolo?
- Me gusta el reconocimiento, pero todo con moderación. Es como la máxima con la que puedo seguir trabajando en silencio, en mi taller. Para mí sigue siendo lo más importante. Era lo más importante hace 20 años, sigue siéndolo ahora. Tener ese tiempo, ese espacio de libertad, todos los días, en los que cualquier cosa puede pasar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  1. Montserrat
    28/08/2007 a las 10:44 am | #1

    Ya no lo diré más, me gusta su escritura, y me gustaría leer todos sus libros, sobre todo los de cuentos, la poesía no, la poesía no me gusta en general de nadie.

    Sólo pude leer “los caballitos del diablo” y es un libro tan sencillo que me gustó, lo volveré a leer, y leer igual que me pasa con algún que otro libro de pocos escritores y escritoras.

    Creo que puedo localizar “primero estaba el mar”,otro título en septiembre, aunque nunca se sabe si lo intentaré.

  2. montserrat
    20/12/2007 a las 12:04 am | #2

    De todo lo que fue la vida en esos días,
    de todo lo vivido en aquel valle
    al pie de las altas cordilleras
    sólo quedan las formas generales: lo demás
    lo doy por ido.
    Seguramente allá están las montañas,
    el viento puntual
    y el mismo valle.
    Pero todo lo que estaba allí y que era mío
    se ha deshecho, ha fluido,
    como nubes ha sido reemplazado
    y ya ni siquiera se puede decir que sea lejano.
    Por eso hoy,
    si el invierno llega otra vez con nieves
    ciegas, si he bebido, si por algún motivo
    me encuentro ensombrecido
    llego a sentir que nunca estuve allí, que nada vi,
    que las garzas, el Cauca y las acacias
    no salieron nunca del pantano.

    Fuente:

    Revista Arcadia N° 7 (Semana) – Abril de 2006, p.p. 12 – 13.
    Enlaces de Interés • Libro de Visitantes • Municipio de Envigado

    Mayores informes vía otraparte@otraparte.org

    © 2002 – 2007 Corporación Fernando González – Otraparte

  3. 20/12/2008 a las 9:26 pm | #3

    cuel es el ssecreto de voz para serme un buen canatante
    que puedo haceer me puedes consijar

  1. Aún no hay trackbacks