Crónicas de esclavas

Las engañan, secuestran o enamoran. Ocultan sus documentos, las golpean o las encierran para prostituirlas en whiskerías, bares o cabarets protegidos por la complicidad de policías, políticos y jueces. En Argentina, Uruguay, Chile o Paraguay, a la par del tráfico de drogas y órganos, la otra gran actividad lucrativa es la trata de personas. Un circuito con cientos de miles de víctimas, en su mayoría mujeres y niñas, arrojadas a la explotación sexual. Para “prepararlas”, usualmente son drogadas, golpeadas y violadas, hasta que vencen cualquier asomo de resistencia. Luego son “transportadas y entregadas” a regentes de prostíbulos. Cuatro historias de mujeres que ingresaron al mundo de la trata de personas. Algunas escaparon para contarlo.
Por Fernando Amdan (*)
Se negó una vez y a cambio recibió una tremenda golpiza. A la segunda, vibrando de pánico, otra trompada y un hilo de sangre surcándole el rostro. Carolina hacía lo imposible por mantener a flote el ímpetu, resistirse, pero la última gota de amor propio, la dignidad, se esfumaría cuando decidieron violarla. Y a callarse la boca.
Tal vez cuando caminaba el día por las calles de Asunción había visto, como al pasar, a quienes serían sus captores.
En verdad, Carolina no existe. O ese, mejor dicho, no es su nombre real. Aparecerá como C, alguna otra letra o bajo un seudónimo en las crónicas periodísticas, los reportes policíacos o informes de organismos internacionales sobre la trata de personas. Su nombre no es real, pero sí la historia detrás. Como las de millones de personas alrededor del planeta en condiciones de esclavitud. Pleno siglo XXI, un negocio con réditos por 32.000 millones de dólares, y unos 100.000 latinoamericanos como víctimas de la trata de personas, nutrida de inmigrantes, historias de quienes cruzan alguna frontera buscando mejor derrotero. Más del 80 por ciento de los secuestrados son mujeres y niñas, que en su gran mayoría son arrojadas a los circuitos de explotación sexual, un comercio tan lucrativo como los cargamentos de drogas o el tráfico de órganos.
En verdad, Carolina –o cual sea su nombre- dejó de existir durante un par de años; el tiempo que sus captores decidieron que su cuerpo y su nombre quedarían borrados de la faz del planeta. Inexistente, hasta que escapó. Pero su historia, antes de conocer el encierro y la vejación, estaba prologada por el hambre. En los días de encierro, luego, descubriría que la
mayoría de sus “colegas” en el prostíbulo eran de orígenes tan humildes como ella. Y es que en la cruda realidad de Asunción, como en otras ciudades y pueblos paraguayos, la vida se hace cuesta arriba. Y la necesidad, la falta de educación, simplifican el engaño: “¿Quieres ganar en dólares? Convocamos señoritas de 18 – 25 años para fotos y videos. 300 U$S. Acepto SMS y llamadas públicas. Viáticos y estadía paga”, rezaba un aviso en el Diario Popular. Tal vez aquella tarde de noviembre de 2003, en Carolina pudo más la ilusión de un mejor pasar que la desconfianza.
Si al llegar al punto de encuentro el engaño pierde convicción, los reclutadores tienen otras técnicas alternativas. Un grupo de tres o cuatro montan auténticos operativos comando para interceptar a las mujeres marcadas en la calle y subirlas a un vehículo. El forcejeo y los gritos poco pueden hacer: rápidamente son drogadas para evitar la resistencia.
En momentos de lucidez, Carolina se oponía. Hasta que cayó el primer golpe, el que inauguró su “preparación” para una larga carrera en la explotación sexual en distintos pueblos fronterizos. “La señora que me entregó a esos tipos vive a la vuelta de mi casa”, confesó Carolina, ocultándo su identidad. “Me dijo que por mi culpa tenía que pagar ahora plata, por escaparme yo, y que tuviera cuidado con hablar, porque ella conoce a mis hijos.”
El subcomisario
Suena el teléfono en una jefatura de policía argentina.
—Hola
—Sí… ¿Ya llegó M.?
—A ver… un momento. ¿Quién habla?
—C., del bar.
—¿Cómo anda, señor C.?
—¿Quién habla ahí?
—V. habla. A ver espera… (consulta). Está el subcomisario, C..
—Ah… ¿Sabes qué? Tengo que llevar una chica para fichar.
—¿Cómo está?
—Está rebuena.
—Uy, ¡qué los parió! Esperá, C. Le preguntamos al subco… Le están preguntando. ¿Todo bien por allá?
—Sí, todo muy tranquilo… Aquí estoy acostado con las chicas.
—Qué envidia que te tengo. ¿Cómo es que estás acostado con las chicas?
—Saluden, chicas… (Se oyen voces femeninas saludando)
—(Se ríe) ¿Y de dónde es la piba esta, la nueva?
—De La Pampa.
—¿Cuántos años tiene?
—Acaba de cumplir quince.
—Okey, nos vemos. Traela nomás, no te hagás problema.
No hay nombres reales en esta conversación publicada por los diarios argentinos, pero sí la primera evidencia concreta de la atenta colaboración policíaca con los proxenetas o fiolos del país. Un tema que el entramado de jueces, políticos y policías envueltos habían logrado resguardar lejos de la agenda pública, hasta que el caso Marita explotó en pantallas y primeras planas.
El 3 de abril de 2002 Marita llevaba con brillo sus 23 años y aprendía el oficio materno de la mano de su beba de tres años. En San Miguel de Tucumán, al verano le antoja durar casi todo el año y las mujeres lo combaten con prendas livianas y mucha sombra. Marita solía quedarse en casa, pero aquel día tenía que hacerse un chequeo en Maternidad del hospital. Hacía ya varios días sonaba el teléfono. Llamaban, colgaban, y en la familia no despertaba más que curiosidad. Sólo después del secuestro su madre vincularía esos llamados con los hombres que marcaron a Marita en la calle y aquel día de abril la harían desaparecer. La enfermera que la atendió en el hospital también fue sospechosa de haberla entregado. Son los que “bajan al terreno”: taxistas, vendedores ambulantes o vecinos que por el trabajo reciben una comisión de 15 dólares.
Susana Trimarco, la madre de Marita, hizo lo imposible por recuperarla. “He llegado a disfrazarme de prostituta para poder entrar en los prostíbulos en busca de Marita”, dice buscando firmeza en sus palabras, cuando las lágrimas se lo permiten. Esa valentía distinguió la propia Condolezza Rice, en marzo de este año, entregándole el premio Mujeres de Coraje, que el Departamento de Estado norteamericano organizó por primera vez en conmemoración del Día Internacional de la Mujer. “Todo lo que hago lo hago por mi hija y por mi nieta, que se quedó sin madre. Ahora tiene 8 años, pero tenía 3 cuando se la llevaron”.
Marita aún no aparece, pero el desesperado espionaje de su madre ayudó a rescatar a más de 100 chicas argentinas que no podían escapar del circuito de prostitución que las hizo recorrer varias provincias del país e incluso cruzar océanos. A ese circuito se le conoce como el sistema de “plazas”: los proxenetas no tienen prostíbulos propios y envían a sus mujeres a distintos establecimientos, de distintas zonas, donde son explotadas entre una semana y 45 días, con hasta 15 clientes por jornada, sólo para cambiar de destino una vez más. Cuando termina ese período de “alquiler”, las mujeres vuelven con el fiolo, que recibe un porcentaje de lo producido por sus esclavas en la cama. Esos y otros requisitos evaluarán los regenteadores en verdaderos “castings” que se organizan en los luegares de reclutamiento. “Estos fiolos son gente muy pesada”, relata un taxista tucumano, cerca del lugar donde raptaron a Marita. “Las mujeres no los pueden dejar porque son propiedad de ellos. Si una mujer abandona al fiolo, el tipo la va a buscar hasta que la encuentra y la mata.”
Infiltrada como prostituta, Susana se enteró de la suerte de Marita. Una de las jóvenes rescatadas le contó que su hija intentó escaparse de uno de los prostíbulos donde estaba encerrada. Se la había cruzado en La Rioja, a varios kilómetros de su Tucumán natal, donde la vendieron por unos 800 dólares. En el circuito de la trata, las más jóvenes son las más caras de comprar y una mujer que supere los 23 años ya es considerada “vieja”. Si son menores, la venta debe incluir los documentos falsificados. A Marita la habían visto también antes, a unos kilómetros de su casa. Se tambaleaba sobre unos zapatos con tacos, como si estuviese drogada. El parte de la policía fue, cuanto menos, dudoso: dijeron que luego de encontrarla en medio de la ruta y asistirla, la subieron a un micro en dirección a su domicilio.
Para escarmentar a Marita por su intento de escapatoria “le clavaron un cuchillo en la espalda y luego la torturan tanto que le dañaron un oído”, cuenta su madre Susana. En relación a otros casos, tal vez su hija la “sacó barata”. Cuando las mujeres intentan huir, los proxenetas y regenteadores llegan a quebrarles las costillas, violarlas, humillarlas, amputarles dedos odirectamente “descartarlas”, si no genera ingresos suficientes. Para que no intenten buscar ayuda entre los clientes, suelen enviarles socios encubiertos, que desbaratan cualquier insinuación de escape. Son los “buchones” de los dueños del prostíbulo, un callejón sin salida: “Una noche un cliente me pegó una cachetada y me quiso tocar a lo que le pegué. Esa persona le habló al encargado, que después me sacó del salón y me llevó de nuevo a la pieza para decirme que el cliente era un policía de la federal. Empezó a pegarme y decirme que ese día iba a pagar una multa de 2.000 pesos”, contó otra mujer tucumana encontrada por los fiscales que buscaban pistas sobre el caso junto a Trimarco.
Pero aún hoy Marita sigue sin aparecer. La han visto en varias provincias argentinas, y los rastros condujeron a su madre hasta Europa. Por ahora, en la causa hay trece procesados y once sospechosos, pero el juicio recién comienza, a más de cinco años de su desaparición. “Al principio yo tampoco podía creer que una mujer pudiera ser vendida como mercadería, me convencí hablando con esas chicas que hace años están en el circuito a la fuerza, porque después de haber crecido entre golpes, torturas y abusos no conocen otra manera de vivir”, dice Susana.
Don Juan con celos
Daniel era un proxeneta que hacía la seguridad de un cabaret de Montevideo, y vivía en una pieza cerca de la pista de baile. Pero quiso diversificar su negocio y empezó a enamorar a las prostitutas del lugar: “si me querés, tenés que trabajar para mí”, escuchó varias veces Cecilia, reclutada por la fuerza a los 15 años, en agosto de 2001. Si la falsa promesa de trabajo y el secuestro son de los métodos más célebres en la captación de mujeres, la tercera opción, el “enamoramiento”, goza de mayor eficacia.
Quizás Cecilia sentía pena por él, o padecía del síndrome de Estocolmo, pero la verdad se hizo carne en poco tiempo. “Directamente me robaba la plata del bolsillo, no le podía decir nada. Dos veces me pegó una cachetada por tonterías mías”, explica ella, con algún resto de sentimiento de culpa. “Me quedé embarazada y después él quería que me lo sacaran. Intenté sacármelo y no salió, estaba muy prendido el bebé.” Muchos proxenetas se aseguran a las mujeres teniendo hijos con ellas y reconociéndolos legalmente. Usan esos niños para retenerlas cuando los quieren abandonar, y es en ese punto donde se hace evidente la explotación: “Yo creí que trabajando, y dándole la plata a él no me iba a cagar. Y es mentira, porque yo me venía a trabajar y él se iba con otra mujer, hasta que los vi. Fue en el Día del Padre, los vi juntos a los dos.”
Pero Daniel también se puso celoso y su obsesión llegó a limitar la cantidad de días que trabajaba Cecilia, e incluso la obligó a descansar. Su violencia aumentaba a medida que se crispaba más y más de los nervios, y con los días eran cada vez más rudas las golpizas. En Uruguay, un ex tratante de mujeres que dejó el negocio y hoy oculta su identidad detrás de otro nombre dice que el maltrato tiene que ver con “ciertas historias míticas de cafiolos que maltrataban a sus mujeres y que todos los que están en el negocio conocen. Todos creen que porque esos cafiolos lo hacían de esa manera, así es como hay que tratar a las mujeres”.
Las viejas técnicas del negocio se mezclan con las nuevas. A algunas mujeres de su propiedad los proxenetas les otorgan “premios” cuando les consiguen nuevas muchachas. Son en su mayoría las que tienen “marido” –versión masculina de una Madama– y dentro de los prostíbulos convencen a mujeres que han sido engañadas o secuestradas para que se cambien de bando y pasen a estar bajo la protección de su cafiolo. Difícilmente sea libertad la recompensa para las reclutadoras, pero a cambio reciben un año sin trabajar para ser mantenidas por sus “maridos”.
Las que lloran
El lugar donde trabajaba Estela no era distinto a la descripción de cualquier otro prostíbulo de Chile. Con la pantalla de “Café Bar”, tenía un ambiente principal estrecho, tímidamente iluminado con luces discretas y tubos de neón sobre la barra. Un manojo de mesas donde los clientes se sentaban a tomar algo, mientras las mujeres del lugar se acercaban para que les inviten algún trago, despertar simpatías y tal vez concertar un encuentro más íntimo. Más al fondo, una mesa de villar y un escenario austero, donde se presentaban shows musicales, con una chica diferente cada día. Los diez metros de la barra recorrían todo el salón hasta el pasillo que conectaba el “café” con las dieciséis habitaciones que dos hombres cuidaban celosamente.
“Uno de ellos nos daba a cada una un rollo de papel sanitario y un preservativo, por el que nos descontaban 500 pesos”, recuerda Estela, de los siete meses de encierro que vivió en 2006. Para la ropa de trabajo, “todo lo que era tangas y sostenes, lencería, nos la suministraba una señora que venía al café seguido y después Antonio no descontaba los gastos”. Con el tiempo, las mujeres se dan cuenta que esas deudas nunca se cancelan, sino que se suman constantes y sonantes “gastos adicionales” inventados, y sanciones por supuestas “faltas laborales”.
Cuando el negocio saltaba a la portada de los diarios, la actividad de Antonio no se suspendía. Para evitar las redadas de fiscales o los pedidos de sobornos por parte de los carabineros, los regentes optaban por la reserva y trasladaban la atención a sitios privados, que sólo recibían clientes a partir de llamadas telefónicas. “Nos dio el número de su hijo y nos invitó a que pidiéramos algunas chicas, ya que en ese momento trabajaba a puertas cerradas y solo con clientes preferenciales”, cuenta un fiscal que se hizo pasar por interesado en los servicios sexuales para desenmascarar a la banda de regenteadores que tenía cautiva a Estela y otras cuatro mujeres en un edificio de Santiago. Entre los familiares de víctimas de Chile se suma otro temor. Es sabido que la capital es utilizada como escala para el tránsito de mujeres raptadas en distintos países de Sudamérica que son llevadas luego a los principales destinos receptores en el circuito de la trata de mujeres: Estados Unidos, México, Japón y España son algunos de los lugares constatados por distintas investigaciones. El 11 de octubre de 2006 fue histórico: por primera vez la Justicia chilena condenó a seis años de prisión a un tratante de origen boliviano que operaba en el país. Pero en todo el continente ese tipo de condenas se siguen contando con los dedos de una mano.
Si una mujer escapa o vuelve mal alimentada, o golpeada, los regentes deben pagar una indemnización al proxeneta, su dueño. “Son las famosas multas”, dijo un tratante a la prensa chilena desde la clandestinidad, cuando el caso de Estela se hizo público. “Un proxeneta puede llegar a quedarse incluso con un prostíbulo si una mujer se escapa o le pasa algo. Son los códigos. Muchas veces pasa que la mujer se escapa por que así lo arregló con su cafiolo, y luego éste le cobra al regente el precio que había puesto.”
En el prostíbulo donde trabajaba Estela, las “locas sueltas”, como se conoce a las prostitutas que deciden trabajar el oficio por las suyas y son libres de volver a casa, convivían con las mujeres que eran propiedad de proxenetas. A las que fueron engañadas o secuestradas, cuenta Estela, se las reconocía fácil: son “las que lloran”. Al llegar al local, siempre alguna mujer intentaba “contenerlas de algún modo”: “les explicaba para qué la habían llevado al lugar, lo que debían hacer, cómo debían hacerlo, y las prevenía sobre las consecuencias de resistirse a lo que el regente o sus empleados les pidiese”. A Estela le habían prometido un trabajo de empleada doméstica. Cuando llegaron al lugar, le hicieron entrar por la puerta trasera y, para paliar el viaje, le invitaron a que durmiese una siesta en su supuesto nuevo dormitorio. Cuando despertó un tal Antonio se presentó como su nuevo patrón. “A mí y a otras mujeres nos dijeron que íbamos a tener relaciones sexuales con clientes a cambio de dinero, que la tarifa normal era de 3.500 pesos, si pedían alguna pose 2.000 más y por sexo oral solo eran 7.000”, recuerda Estela. “No me fue tan mal”, repasa sin acusar cicatrices: “pude ayudarle a mi familia que tenía una deuda grande porque la uva salió mal ese año y mi papá perdió todo”.

(*) Crónica basada en testimonios reales del “Estudio exploratorio sobre la Trata de personas con fines de explotación sexual en Argentina, Chile y Uruguay” (diciembre de 2006), de la Organización Internacional para la Migraciones, del reporte “La trata de personas en el Paraguay” (febrero de 2005), a cargo también de la OIM y del Ministerio de Relaciones Exteriores paraguayo, y del “Informe del Departamento de Estados de Estados Unidos de América sobre la Trata de Personas” (junio de 2006). Algunos detalles y hechos fueron parcialmente modificados a los fines del relato de la crónica.
Excelente, como cada una de las cosas tuyas que he leído.
bien, me gustó aunque creo que la crónica sobre “C” me quedó inconclusa, no me llenó esa parte, la crónica sobre Marita me pareció buena, en cuanto al diálogo por teléfono me recordó una nota muy sonada en México de hace más o menos un año donde una periodista grabó una conversación por teléfono del gobernador del estado de Puebla con un proxeneta que le ofrecía niñas muy regularmente a cambio de ciertos favores “botellas de cognac” les llamaba, todo un descaro.
Hay también un tema que me surgió leyendo esta nota y que provocó que la comunidad internacional volteara sus ojos a Chihuahua, México, y fue las llamadas “Muertas de Juárez”, todo un caso que aún no ha quedado del todo claro y sería interesante verla por acá.
Saludos!
Ah y mis felicitaciones por la Libertadores…
Estoy leyendo de a poco tus notas porque recientemente conocí el blog. A ésta la tuve que leer particularmente despacio porque no me da el alma para leerla de una. Buenísima. Abrazo, ACB.
hola me llamo jesica tengo trece años quiero salirme de micasa pero no me dan trabajo yo bailo y esta es mi historia:desde chica queria ser bailarina mi mama tuvo un cuerpo muy bonito yo vivi una infancia un poco fea mi papa le pegaba a mi mama yo m sentia muy triste por q mi mama no se defendia yo cargaba siempre el dolor pero encontre algo con el q sacaba mi dolor bailaba con eso sacaba todo y m metia droga asta el grado q un dia m cort la venas por q ya no soportaba mas pero con el tiempo e sido buena en el baile quiero q m den mas ensayos y q me contraten de bailarina de la que sea por favor denme trabajo
hola! todas las historias m conmovieron mucho!!! en cuanto al dialogo, creo saber de donde lo sacaron, creo que es el que captaron en una comisaria de choele choel. soy de valcheta, provincia de rio negro, argentina!! y conozco al policia que creo que es al que se refiere el dialogo…. es asqueroso verlo caminar por las calles d tu pueblo, tiene hijas, mujer y vos te preguntas como es capaz de colaborar en algo tan atroz!!!! que haria si secuestraran a su hija y la prostituyeran???. estoy en primer año de la carrera de comuicacion social, y me encuentro buscando informacion sobre el tem!!! si ustedes o alguien desea aportar a mi trabajo y brindar me informacion se los voy a agradecer…. mi fin es difundir mi informe en mi ciudad!!! sigan trabajando asi…. suerte
Excelete nota. Felicitaciones!
Un abrazo
Rubén Duarte
muy bueno. nos re llego.sentimos mucha pena por las chicas y creemos que principalmente esto se debe solucionar:matando a jueces policias y politicos involucrados y dejar de permitir la prostitucion ya sea voluntaria o forzada .Nos conmovieron mucho las historia y q tarde o temprano esa pesadilla terminara para esas chiks y la justicia a esos putos le va a llegar y se van a arrepentir demasiado ya sea hoy en un futuroo si no miren VIDAS ROBADAS PARA TODOS ESOS ENFERMOS SEXUALES (podrian buscar prostitutas voluntarias pensamos no??)suerte
La verdad es que las ”autoridades” de todos los paises permiten este tipo de ”negocios” por la gran TAJADA DE DINERO que les dan aparte de los FAVORES SEXUALES que les dan es una VERGUENZA que haya personas APROVECHADAS de inocentes jovencitas que solo quieren huir del maltrato de sus hogares y salgan SOLO A LLENAR DE DINERO A LOS APROVECHADOS DUEÑOS DE ESTOS SITIOS QUE LAS PROSTITUYEN SIN NI SIQUIERA DARLES UN SALARIO DIGNO Y UNA BUENA ALIMENTACION/MALDITOS CERDOS SI TUVIERA UNA ESTACA Y LOS TUVIERA FRENTE A MI SE LAS ENCAJARIA POR EL CULO Y LUEGO LOS PONIA DE RODILLAS ANTE UNA IMAGEN DE LA VIRGEN DE GUADALUPE
AQUI EN MEXICO PASA IGUAL SE APROVECHAN DE JOVENCITOS Y JOVENCITAS PARA LO MISMO
ADIOS MUY BUEN TEMA OJALA Y PRONTO HAYA JUSTICIA