Picadora de carne
Difícil reconocer, a esta altura del partido, qué temas son dignos de preocupación, y qué temas no. Suscitar el debate, por ejemplo, sobre la importancia de los quibombos en la UBA, mientras a pocos metros se cagan de hambre, se tiñe todo de la culpa pequeño aburguesada y termina en la nada. Como si hiciera falta promediar hacia abajo, y en la apatía, tan nihilista como pasiva, dar vuelta la cara a asuntos (también) importantes.
Al ya harto conocido y constante deterioro de la educación, más la bolsa de gatos que se cierne sobre el derrotero de la UBA, es posible ya ir imaginándonos qué nos depara, mientras resbalamos con cada intento de paso que damos en el mercado laboral.
Curiosamente, en la contratapa de Infobae de este 28 de julio, salió algo medianamente interesante. Se habla del “espejo francés”, cuando la nota reseña sobre la crisis de La Soborna, la universidad de París y una de las más prestigiosas del planeta. Y en la nota se conjuga “universidad gratuita”, con “falta de financiación”, “superpoblación”, “cursar parados” y “bajo nivel de formación”, en una ecuación obvia cuyo desenlace más “lógico” es la conclusión de privatizar.
Todos temitas bastantes familiares para quienes pululamos por las aulas de la UBA.
Así, entre las citas tiesas y datos acartonados, Jean-Robert Pitte, presidente de La Soborna, se queja de la superpoblación de las aulas, al tiempo que se muestra preocupado de que la gran mayoría de los estudiantes galos se inclinan por las humanidades, mientras la demanda laboral entre las empresas añora a los pocos que eligen el rumbo de las ingenierías, sistemas o carreras duras.

Algo parecido pasa por estas pampas. Si en los setenta fue el boom de las carreras de psicología, en los ochenta –con la vuelta a la democracia- se puso en boga sociología, en los noventa y por estos años, explosión mediática y de Internet mediante, las carreras con más crecimiento en sus matrículas son Diseño Gráfico y Comunicación Social. Se estima que en esta última, sólo en la UBA (y, ergo, sólo en Capital Federal), aglutina en un pequeñísimo edificio a más de 12 mil estudiantes, la misma cantidad que tienen las facultades pares en toda Francia. Las cuentas al tener en consideración al resto de Argentina se vuelven exponenciales.
Claro que el asunto es bastante más complejo que arancelar o no la UBA, y no vamos aquí a desenrollar todas las barbaridades que se hicieron en los noventa menemista, que con premeditación y alevosía dejaron tanto a la UBA como a la escuela más humilde de frontera al borde del abismo, huérfanas del Estado.
Pero vale decir algo. Somos una enorme masa de boludos (“ejercito de reserva”, se decía hasta hace poco) rebotando ad honoren por la diáspora del mercado laboral, que escupe a los zánganos que estudiamos humanidades, suplica por los pocos ingenieros que andan dando vueltas. Y somos todos albóndigas. Y pobre de vos si no hablás inglés.